Periodista y fotógrafo

La escultura como herramienta metafísica

Las obras de F.G. tienen el denominador común de no pertenecer a una historia, de no pertenecer a ninguna narración; algo que no es frecuente en esta sociedad llena de reflejos de si misma. Al contemplar este trabajo nos topamos con una suerte de reivindicación de la desaparición pues estas arquitecturas parecen haber escapado a un tiempo y a unos personajes, parecen estar situadas en un momento y en un lugar fuera del mundo material; son obras huérfanas de un contexto, alienígenas, plagadas de misterio y quizá de anhelos de su creador.

Aunque en un primer vistazo estas composiciones volumétricas podrían ser calificadas como figurativas lo cierto es que están rodeadas de un halo tan fuerte de interrogantes que, tras una observación atenta, acaban apareciendo ante nosotros desdibujadas, convertidas en objetos prácticamente abstractos. Es precisamente ese misterio irradiado el que aviva toda clase de imaginaciones, el que atrae a toda suerte de historias; aunque estas siempre han de partir del espectador.

Estas construcciones podrían también ser consideradas como máquinas de luz pues esta, a su paso por el interior, es, en cierta forma, amaestrada. Dentro de estas obras logramos atisbar laberintos, espacios confusos hacia los que la mirada se ve irremediablemente atraída, como si dentro de ellas pudiésemos observar fenómenos que no son posibles en el mundo exterior, plagando la imaginación de alucinaciones. Las esculturas siguen así la estela de aquellas construcciones que funcionan como puntos de contacto entre el cielo y la tierra: la Kaaba de La Meca, donde ya antes del islam se decía que se guardaba la piedra negra; Santa María de Sión en Etiopía, donde algunos sostienen que se encuentra el Arca de la Alianza; o el sótano de la casa de Beatriz Viterbo, donde Borges sitúa el Aleph.
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Ramón Peco. Con la tecnología de Blogger.
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