Periodista y fotógrafo

Rouget de Lisle


Delacroix, originally uploaded by Green Gorilla.

Stefan Zweig es el autor de uno de los libros de historia más memorables de cuantos he leído: "Momentos estelares de la humanidad". Tras este título rimbombante se oculta una apasionante narración de doce miniaturas históricas, que es como denomina el propio Zweig a los hechos recogidos en este libro. Estos van desde la toma de Bizancio hasta el descubrimiento del Océano Pacífico, pasando por la rocambolesca gestación de La Marsellesa.

Precisamente, la historia de como nace este himno me impactó especialmente. La Marsellesa fue compuesta en 1792 por Rouget de Lisle, un joven capitán de ingenieros del ejército francés. Se utilizó como canción patriótica por las tropas francesas cuando estas se disponían a luchar, una vez más, contra el ejército Alemán. De hecho su título original es Chant de guerre pour l'armée du Rhin (Canto de guerra para el ejército del Rhin). En aquel momento, aunque ya se había instaurado la Asamblea Nacional, Luis XVI seguía reinando con el temor, completamente fundado, de ser depuesto en cualquier momento.

Volviendo al soldado Rouget lo cierto es que este terminó horrorizado por el cariz que acabó teniendo su composición. Pese a que esta se convirtió en uno de los himnos revolucionarios por excelencia su autor no la escribió con ese ánimo. De hecho, el joven Rouget dio su beneplácito para que fuese utilizada en el campo de batalla sólo por ganarse el favor de un alto funcionario.

Aquella canción, sin embargo, fue el primer gran emblema de la libertad. Una libertad que luchaba por abrirse paso en toda una nación, en todo un continente, en el mundo. Esa noche genial para la historia en la que nuestro hombre concibió La Marsellesa sin embargo fue una noche horrorosa para él. Con los años, al ver como el famoso estribillo allons, enfants de la patrie, le jour de est arrivé! inundaba la febril Francia de la época, tan alejada de lo que Rouget esperaba de la Revolución, el compositor se fue amargando cada vez más al ver que nadie le recordaba a él ni se reconocía el carácter original de la canción. Este hombre insignificante incluso sufrió en tiempos de Robespierre pena de cárcel por contrarrevolucionario, una acusación bastante gratuita y común en la época, y de milagro no terminó bajo guillotina.

En 1830, estando Rouget completamente perdido en el olvido, el rey burgués Luis Felipe le otorgó una pensión como autor del himno nacional. Sólo mucho después se exhumaron sus restos mortales para ser enterrado en los Inválidos, junto a Napoleón Bonaparte, al que años antes había escrito unas cartas en las que se jactaba de estar en su contra. Tener a semejante vecino de tumba probablemente hubiese, cuanto menos, sembrado la confusión en Rouget. En los baches biográficos de este hombre casi puede verse lo que ha terminado pasando tantas y tantas veces con la libertad: que alguien la secuestra para terminar aplastándola en su propio nombre.

¡Que sorprendido se mostraría Rouget si se viese enterrado junto a los tiranos que instrumentalizaron su noche más genial!

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