Montado el uno de octubre de 2006. Disfrutad (si podéis). Las esculturas son de P. Gálvez.
No doy crédito
Ramón Peco
octubre 02, 2006
Sólo os digo una cosa, no dejéis de ver el vídeo completo y luego pulsad sobre estos enlaces:
Levantate ZP
La noticia en El País
Gone Daddy Gone (Violent Femmens)
Ramón Peco
septiembre 30, 2006
Los puntos clave para bailar son no hacerlo ni en broma ni en serio, el movimiento de piernas y no cortarse en rebuscar entre la maravillosa basura de la plaza de George Orwell. Descorchen el champagne caliente y salgan sin bragas por favor...
Comienza la guerra y la paz
Ramón Peco
septiembre 29, 2006

Napoleón cruzando el paso de San Bernard (1800/1801). Jacques-Louis David. Imagen de dominio público.
Comienzo hoy la edición de "Guerra y paz" de Mondadori. He aquí el primer párrafo:
Bien. Desde ahora, Génova y Lucca no son más que haciendas, dominios de la familia Bonaparte. No. Le garantizo a usted que si no me dice que estamos en guerra, si quiere atenuar aún todas las infamias, todas las atrocidades de este Anticristo (de buena fe, creo que lo es), no querré saber nada de usted, no le consideraré amigo mío ni será nunca más el esclavo fiel que usted dice. Bien, buenos días, buenos días. Veo que le atemorizo. Siéntese y hablemos.
Leer bien
Ramón Peco
septiembre 29, 2006
Cuando las cosas no van todo lo bien que a uno le gustaría que fuesen creo que hay que hacer al menos algo bien, al menos una sola cosa. Si todo lo demás se vuelve loco, si todo parece no tener demasiado sentido, al menos hay que aferrarse a hacer una cosa bien; lo demás vendrá dado con el tiempo. Por ejemplo, no es un mal ejercicio esforzarse en leer bien.
Este es el primer párrafo del libro que terminé anoche, un libro que hace que la vida sea mejor, más rica, me refiero a "Resurrección", de León Tolstoi:
En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era primavera. En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era la primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros.
Este es el primer párrafo del libro que terminé anoche, un libro que hace que la vida sea mejor, más rica, me refiero a "Resurrección", de León Tolstoi:
En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era primavera. En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ella; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales ya los pájaros; la primavera era la primavera, incluso en la ciudad. El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante. Únicamente los hombres, los adultos, continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía a la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros.
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